Tal fue elgrito que retumbó en Europa al comienzo del siglo 19.L’Empereurera Napoléon Bonaparte quien, como emperador de Francia rey de Italia y ‘protector’ de la Confederación Germánica, tomó el lápiz para corregir el texto del Catéchisme imperaly agregó:
“Desobedecer al Emperador es un pecado mortal. Todos le deben amor, obediencia, fidelidad, servicio militar, contribución para la conservación y la defensa del Imperio y de su trono.” “Le juge suprême, c´est moi.”
Que recuerden todos los que han sido hechos reyes por él, que ellos son sus vasallos, ejecutores de la suprema voluntad del Gran Imperio.
Maravillosa transformación de un jacobino rebelde, de un teniente de artillería, de una estrella fugaz procedente de la Isla de Córcega. (Este ascenso y su caída se encuentran magistralmente escritos por Max Gallo en cuatro tomos. “NAPOLÉON” Éditions Robert Laffont, Paris 1997.)
Me hago preguntas que me inquietan en esta nueva lectura -por fragmentos y a mi aire- que realizo de Gallo: ¿Es la dictadura el fenómeno inevitable en todos los tiempos históricos?
¿Qué vigencia podría tener el caso Napoleón en la actualidad? … ¿constituiría un modelo a seguir?







