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miércoles, 15 de julio de 2020

Sudando Aceite



 Esa es la impresión del campo actual andaluz. Y se trata de una producción industrial comparable a la del petróleo; aunque en el fondo no se halla petróleo, la superficie recompensa esa falta plenamente. De ahora en adelante: el suelo andaluz emana aceite en cantidades jamás vistas antes.


¿Dónde están los olivares? Estos árboles cantados por Lorca y venerados en mil versos. Centenarios, igual que viejos sabios levantaban sus ramas. En ellas residía la filosofía de ese país. La recogida de sus frutos, la poda, acercaba los hombres al Olivar. Conversaron. Se entregaron mutuamente, uno al otro.
‘Por ahí iban muertas de frío, las Pío Pío Pías’… Chicas campesinas pobres que recolectaban las aceitunas y luego cuando se podía colocar el pan recién hecho debajo del chorro de aceite que salía del molino.
Nada de eso existe más. Olvidémoslo. Ahora las mujeres y los hombres se quedan en casa viendo televisión. Todo está bien calculado, bien preparado. Aquí presenciamos un progreso. “Impresentable” dicen los que nada saben.

viernes, 31 de enero de 2020

FRÜHLINGSLIED



Canción de Primavera                         Proverbios y Cantares XVI
Heinrich Heine (1797 – 1856)             Antonio Machado (1875 – 1939)

Dulces campanadas                            “Si vino la primavera,
  atraviesan mi corazón.                        volad a las flores;
Suena pequeña canción,                       no chupéis cera.”
  vuela a la lejanía!
Suena hasta la casa,
  donde brotan las flores.
Si una rosa encuentras,
  dile que la saludo.”

                    

                               

El poeta alemán Heinrich Heine y el español Antonio Machado supieron volar. Volando encontramos sus versos por encima de las realidades tan diferentes que les tocó vivir. 
Heine desde el exilio en Paris dejaba volar sus sueños como campanadas a la lejana región renana que no le dejaba respirar. Por su parte,  Antonio Machado abandonó Sevilla. No sólo físicamente. “¡Volad!” recomienda a sus conciudadanos que como en todas las primaveras chupan cera. Pasan por alto el fuerte olor a azahar, ignoran todo lo que no sea de cera. La chupan, dice Machado con un innegable menosprecio. No quiero juzgar eso porque me encuentro lejos de Sevilla, lejos de su admiración por la cera, lejos del azahar que añoro.

Sabemos que tras la sensación que inspira poesía se encuentran profundas raíces biográficas.
El judío alemán Heine amaba profundamente al país que le desterró. Machado vivió su alejamiento de la ciudad natal como una liberación. La omnipresencia de la cera le fue chocante, le angustiaba y sintió un acoso ambiental contra su libertad. La libertad de un genio poético.
A los dos los venero, ambos forman parte de la lectura en la cabecera de la mesa. En ambos me encuentro yo. Me acompañan para no estar solo.

friedrichmanfred  enero 2020
  ed. anavictoria


domingo, 8 de septiembre de 2019

El Cielo bajó a la Tierra



“El Cielo nos otorgue una noche tranquila, tanto a nosotros como a las ‘bestias’ salvajes de la selva.”

Así habló un fraile franciscano, enfermo de fiebre, que vive con fe y resignación en esa zona tropical hostil, peligrosa y detestable para la mente de un europeo intruso como él. Viaja por el río Apure y es citado textualmente por quien era su compañero en ese momento de 1799, Alexander von Humboldt.

 El río Apure transcurre por Venezuela y es la primera etapa del viaje explorador de Humboldt. El ilustrado científico mostrará una infinita admiración por esa selva tropical llena de vida que durante años cautivaría su incansable misión de recopilar lo observado. Tal lo documenta en su diario en el que cautelosamente diseña impresiones y escribe reflexiones. Durante este viaje nada le afectó, ningún síntoma de gripa, ningún mosquito se acercaba al entusiasta ‘descubridor de América” como le llamara Simón Bolívar. Humboldt parecía invulnerable, parte de la selva... ninguna enfermedad tropical se atrevió con él; sólo una mala noticia: un jaguar devoró a su perro.
En ella, en la selva dejó el corazón.
En Humboldt explorador y etnógrafo se nota presente la figura de Goethe, poeta escritor; es como si una segunda persona contemplase esa naturaleza y la cantase, no como un ‘infierno verde’, -denominación corriente entre conquistadores-, sino al contrario, como un himno a la belleza, a la majestuosa magia de la naturaleza. Humboldt le dará palabras, imágenes y reflexión porque se encuentra en un templo que exige concentrada admiración: saber, conocer como un acto de fe. Una experiencia reveladora.
Más de treinta tomos llenará esa recopilación de datos que publicará después de su regreso a Europa. Gastó toda la fortuna heredada en ello. Y murió pobre.
Pero su legado es para toda la humanidad y más precisamente para América. Es único y sin igual. Humboldt no vino a saquear, vino para quedarse y los espíritus locales –eso parece - le protegieron. Vestido con la etiqueta del aristócrata prusiano era jacobino de vocación con un alma de indio curandero. Aquí encontró “el Cielo bajó a la Tierra”, de eso estaba convencido Humboldt: