“El Cielo nos otorgue una noche tranquila, tanto a nosotros como a las ‘bestias’ salvajes de la selva.”
Así habló un fraile franciscano, enfermo de fiebre, que vive con fe y resignación en esa zona tropical hostil, peligrosa y detestable para la mente de un europeo intruso como él. Viaja por el río Apure y es citado textualmente por quien era su compañero en ese momento de 1799, Alexander von Humboldt.
El río Apure transcurre por Venezuela y es la primera etapa del viaje explorador de Humboldt. El ilustrado científico mostrará una infinita admiración por esa selva tropical llena de vida que durante años cautivaría su incansable misión de recopilar lo observado. Tal lo documenta en su diario en el que cautelosamente diseña impresiones y escribe reflexiones. Durante este viaje nada le afectó, ningún síntoma de gripa, ningún mosquito se acercaba al entusiasta ‘descubridor de América” como le llamara Simón Bolívar. Humboldt parecía invulnerable, parte de la selva... ninguna enfermedad tropical se atrevió con él; sólo una mala noticia: un jaguar devoró a su perro.
En ella, en la selva dejó el corazón.
En Humboldt explorador y etnógrafo se nota presente la figura de Goethe, poeta escritor; es como si una segunda persona contemplase esa naturaleza y la cantase, no como un ‘infierno verde’, -denominación corriente entre conquistadores-, sino al contrario, como un himno a la belleza, a la majestuosa magia de la naturaleza. Humboldt le dará palabras, imágenes y reflexión porque se encuentra en un templo que exige concentrada admiración: saber, conocer como un acto de fe. Una experiencia reveladora.
Más de treinta tomos llenará esa recopilación de datos que publicará después de su regreso a Europa. Gastó toda la fortuna heredada en ello. Y murió pobre.
Pero su legado es para toda la humanidad y más precisamente para América. Es único y sin igual. Humboldt no vino a saquear, vino para quedarse y los espíritus locales –eso parece - le protegieron. Vestido con la etiqueta del aristócrata prusiano era jacobino de vocación con un alma de indio curandero. Aquí encontró “el Cielo bajó a la Tierra”, de eso estaba convencido Humboldt: