Una mirada ... a la historia,
por F. Manfred Peter
*5-El pueblo en armas lo
representaba de modo auténtico el caudillo llanero José Antonio Paez. Era un
hombre musculoso, moreno trigueño, bruto y semi analfabeto que vestía
uniforme raído; no fue un soldado presentable y no se comportaba como tal. Las
botas de Bolívar brillan charoladas. ¿Cómo podía el general aguantar esta
compañía vulgar entre tantas penurias?:
¿estas marchas infinitas,
llanuras ardientes de calor, los aguaceros como diluvios, los fríos páramos,
esta humedad que lo cubre todo, la fiebre y la tos persistentes? Uno vigila al
otro, desconfiadamente. Pertenecían a la misma nación. Pero, ¿qué más
tuvieron en común? El escenario de la guerra midió dos millones de
kilómetros cuadrados. Hubo batallas en páramos helados, sobre sabanas sin
árboles y en medio de la selva tropical, donde los combatientes se vieron
rodeados de pajaritos chupaflor.
Y esta guerra, estos combates
cuerpo a cuerpo, ¿cómo era? :
Sablazos y machetazos, bayonetas que hieren y cortan. Los jinetes llaneros-
mitificados posteriormente como centauros monumentales, lanceando a los que
tratan de huir. A los heridos se les remataba. No se hicieron prisioneros. En
la batalla de Junín no se oyó un solo tiro de mosqueta.
Y el sable de Bolívar que hoy se guarda en Bogotá, ¿también se tañía de
sangre? Mejor, no saberlo. Pongamos atención a una voz europea de aquella
época:
¿No fue este un conquistador español también, inclusive el primero de todos
ellos? ¿Se habría dado cuenta Simón Bolívar que detrás de cada victoria
militar su revolución se hacía más complicada?
Sabemos que cada vez más sufría de ataques de tos que le dejaron extenuado.
Tenía que limitar actividades y pasar más tiempo tirado en la hamaca.
Se acordó de los innumerables pequeños conflictos con José Antonio Paez,
llanero y jinete indomable.