Desde
la lejanía le llegaban ruidos. Así que no estaba en una región
totalmente despoblada.
Al
salir del pinar a un claro del bosque, miraba hacia abajo:
–¡Maldito
uniforme!– dijo y tiró la gorra militar.
Más
adelante se abría el bosque y allí había una choza. Era una cabaña
que con frecuencia se encuentra en las zonas boscosas para uso y
servicio de los trabajadores. Se sentó detrás de un saúco para
observar lo que pasaba en la cabaña. Para aliviar la sed se dedicaba
a mascar las flores del arbusto. Parecía que detrás de la casa
había un huerto. Las patatas todavía no podían estar para
cogerlas, pero el puerro sí sobrevive al invierno. La boca se le
hacía agua.
La
cabaña tenía una chiminea y de ella salía un chorrito de humo:
–Hay
gente–, decía.
Después
vió a una mujer. La mujer tenía el pelo blanco y caminaba con
dificultad sirviéndos de un bastón. No podía distinguir las
facciones de su cara.
–Más
vale seguir adelante– se decía
Después
pensó en el huerto, y se quedó esperando a que llegara la noche.
Ahora
veía que el techo de la cabaña estaba recien hecho. Además se
veían los impactos de tiros en la pared blanca.
–Por
aquí ha pasado la guerra– pensaba–. Mejor, me voy de aquí–.
Pero se quedó...
Se
imaginaba que podría comer rábanos, puerros lechugas, tal vez apio.
Desgraciadamente
los días eran largos. Anochecía tarde y además había luna.
–Pero
los de la cabaña dormirían pronto– pensaba y no se darán cuenta.