El
día siguiente, muy temprano, Fritz estaba entre los que esperaban a
que abriera la oficina de la Braunkohle
Union Bitterfeld.
No eran muchos los que estaban allí esperando, todos viejos, caras
marcadas por el trabajo duro, por los años vividos y por el
cansancio. Chaquetas amplias, largas de colores indefinidos,
pantalones anchos. Todos llevaban una gorra. Fritz se había puesto
la de su padre.Era un muchacho fuerte y parecía mayor de 14 años
que tenía.
–Este
trabajo es durísimo–, observó uno de los viejos dirigiéndose a
Fritz.
–¿Y
usted, por qué viene?– le contestó aquel.
–Aquí
no hay otra cosa, muchacho. Ya no hay jóvenes, nada más quedamos
los viejos que ya casi no servimos para nada.–